15 de enero de 2014

Estimada Mª José ... recuerda que aunque a veces hay malas experiencias, nunca debes retroceder ni rendirte, quien persevera alcanza.
Joan Busquets i Verges. Exmaqui libertario del Berguedá 28/12/2013
"Muero contento, porque equivocado o no, muero por una idea" Manuel Barreiro dos días antes de ser fusilado 12/3/1939

viernes, 3 de abril de 2009

Alicante, la negación de la memoria

El PP alicantino impide instalar una escultura en el puerto que recuerde los sucesos de abril de 1939

3/4/2009 AL CUMPLIRSE 70 AÑOS DEL FINAL DE LA GUERRA CIVIL

IAN Gibson*
La Segunda República nació un mes de abril. Ocho años después, mientras se iniciaba otro, se desplomó. Nadie como el escritor Antonio Machado, que ayudara a izar la bandera tricolor por tierras castellanas, supo evocar, en plena guerra, la inmensa alegría del alumbramiento democrático de 1931. "Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros --escribió-- la primavera traía a nuestra República de la mano (...) Fue aquel un día de júbilo en Segovia. Pronto supimos que lo fue en toda España. Un día de paz que asombró al mundo entero".

Me vinieron a la memoria estas palabras --con aquella escena eufórica a orillas del Eresma-- al asistir hace algunos días al último acto de las jornadas dedicadas en Alicante a recordar la tragedia ocurrida, al final de la contienda, en el postrer reducto de la República. Machado llevaba entonces unas cinco semanas muerto --el destino le salvó de tener que escuchar desde Colliure el victorioso parte de Franco--, y su desaparición se seguía comentando con profunda emoción en toda la prensa leal. No cuesta trabajo imaginar el peso de la sombría noticia en el ya abatido ánimo de muchos de los que esperaban a finales de marzo en los muelles alicantinos, bajo una lluvia pertinaz y un cielo encapotado, la llegada de barcos, enviados por el Gobierno, que les salvasen de la vesania franquista. Barcos que nunca aparecieron.

El acto celebrado en Alicante fue especialmente conmovedor debido a la presencia de dos hijos de Archibald Dixon, capitán del Stanbrook, el carguero londinense que, gracias a la valentía y hombría de bien de aquel marino británico --luego víctima de un torpedo alemán en la segunda guerra mundial-- logró salir del puerto con nada menos que 3.028 refugiados republicanos a bordo. Y ello justo antes de la llegada de los fascistas italianos que, bajo el mando de Gambara, se encargaron de tomar la plaza. La hazaña del Stanbrook, que transportó a dicha muchedumbre sin percances a Orán (donde le esperaba la hostilidad francesa), fue recuperada hace algunos años, con testimonios de primera mano, por Joan Sella y Manuel Mellado en su excelente documental Cautivos en la arena, luego incluido en la serie El laberinto español, de Jorge Martínez Reverte (RTVE, comercializada por Divisa). Si por mí fuera, en ningún instituto de segunda enseñanza faltaría una copia del mismo.

LAS JORNADAS fueron organizadas por la Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica, que, con el infatigable historiador Enrique Cerdán Tato en lugar destacado, lleva cuatro años luchando por que el Partido Popular, que controla el ayuntamiento, permita la instalación, en la bocana del puerto, de la hermosa escultura de Eusebi Sempere La Paloma, inspirada por la tragedia. Hasta ahora, el cabildo se ha mostrado inflexible en su rechazo del proyecto. Así como del sencillo memorial que la Comisión quiere llevar a cabo en lo que queda del Campo de los Almendros, paraje donde fueron confinados durante una semana, en condiciones atroces y antes de llevarlos en trenes a Albatera, muchos miles de republicanos. Uno se pregunta cómo es posible, a estas alturas, tal ceguera, tal empecinamiento, tal falta de magnanimidad. ¿No se percatan los populares alicantinos de que, con una actitud más acorde con el espíritu de la Constitución, ganarían respeto en España y fuera, y hasta más votos? En el acto que comento no estuvo un solo edil del partido, ni siquiera el de Cultura. Produce vergüenza ajena un comportamiento tan incívico, tan rigurosamente insolidario.

Estuvo muy presente en la mente de los que nos congregamos en el puerto --en condiciones climáticas tan inhóspitas como las de 70 años atrás-- la magnífica novela, titulada precisamente Campo de los almendros (1968), de Max Aub, cuya hija Elena nos acompañaba. En dicho libro, como se sabe, el escritor exiliado inmortaliza los días aciagos vividos primero en Valencia, luego en Alicante, cuando todo se derrumba y los perdedores van a conocer muy pronto la brutal realidad del fascismo.

HACIA EL FINAL de la novela, transida de acuciantes diálogos, Aub cuenta que, al llegar los presos a su destino, a unos dos kilómetros del puerto, los almendros están empezando a verdear. Como hay hambre, no pasan inadvertidos los almendrujos. El escritor valenciano tiene buena memoria: por estos pagos levantinos se conocen preferentemente por el término árabe arzollas. Uno de los encerrados cuestiona la fiabilidad alimenticia de las mismas. "Almendras verdes y acabáis antes", ironiza. "No, hijo --contesta quien sabe--, las almendras verdes están maduras. En estas todavía no solo está verde la primera cubierta, sino tierna la segunda". "Están buenas", reconoce, tras probarlas, el cauto. "También las flores, lástima que sean las últimas", añade el otro. Lo cual nos devuelve a las palabras de Machado, cuya presencia, aunque no explícita, se palpa en numerosas páginas de la novela.

"No pasa nada por decir la verdad", acaba de manifestar Mariano Rajoy en Tengo una pregunta para usted. Tampoco por ser generoso. Veremos si el PP alicantino es capaz, por fin, de rectificar.

*Escritor

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