Acaba de fallecer Nelson Mandela, seguramente el negro africano más
admirado y apreciado en la historia. Su biografía atraviesa la segunda
mitad del siglo XX, y culmina con todos los honores posibles, es ya un
icono.
Ahora, los representantes de la derecha neoliberal
que, a la manera de Reagan y Thatcher, le trataron de “peligroso
terroristas”, se apremian por depositar el ramo de flores más grande
sobre su tumba. Lo podemos ver en el “homenaje” que el thatcheriano
Vargas Llosa, acaba de publicar en “El País”, y cojan la lupa y miren:
ni media palabra sobre los posicionamientos de Mandela por el
socialismo, las luchas de liberación, su admiración por el Che y por la
revolución cubana. De buen seguro, a su sepelio asistirán estadistas y
coronas, mucha gente que en su día fueron buenos amigos del régimen
racista, gente comos dignatarios del Pentágono que tuvieron a Mándela en
sus listas como “terrorista” hasta después de ganar unas elecciones…
Mándela será en verdad llorado por millones de
personas anónimas que a lo largo de varias décadas, se jugaron la vida y
la libertad contra un régimen que el propio Mandela situó después del
nazismo en perversión. En su inmensa mayoría serán personas que se
sienten más libres que en los años de ignominia, cuando un “nativo”
podía ser vejado, maltratado, torturado o asesinado por la policía. Las
terribles fuerzas represivas de un sistema que era considerado como un
ejemplo para África. Un sistema que no tuvo problemas diplomáticas hasta
que su continuidad se adivinó imposible, y que gozó de apoyos
incondicionales, por ejemplo de Israel. Por ejemplo, de la España de
Felipe González que le siguió vendiendo armas cuando ya estaba siendo
desahuciado, y muchos gobiernos habían dejado de hacerlo.
Dicen que la hipocresía es el homenaje que el vicio
rinde a la virtud, y Mandela no es culpable del festival de cinismo que
ha rodeado sus últimos años, desde que garantizó que la revolución que
predicaba se quedaría en las puertas de la propiedad, de esas riquezas
sobre las que alguien dijo que el oro de los blancos era también la
sangre de los negros.
Su historia es la de una larga resistencia a la
opresión racista y social, que una cosa es indisociable de la otra, se
desprecia al negro para robarle sus riquezas.
De haber muerto en los años cincuenta podrían haber
sido comparado con cualquiera de los grandes jóvenes líderes negros que,
como Antonio Lembele o Steve Biko (al que aquí conocemos sobre todo con
el rostro de Denzel Washington en Cry Freedom), dos líderes radicales que marcaron con su potente personalidad el movimiento de resistencia.
De haberlo hecho después del proceso de Rivonia su
figura habría podido resultar equiparable a la trágica y magnífica de
Patricio Lumumba, un nombre que es en sí mismo una acusación contra la
inane monarquía belga y el colonialismo.
Pero Nelson siguió siendo alguien de una talla
excepcional en los años del ostracismo, era ya un anciano cuando le
llegó la liberación, pero emergió como un líder imaginativo, alguien a
la altura de unas circunstancias especialmente complicadas, y dejó el
poder con el prestigio intacto, aunque hay luces y sombras en el balance
objetivo de su actuación. Pero incluso en el caso de que se puedan
juzgar severamente algunas de sus posiciones, no hay duda que fue el
artífice de la reconciliación racial que sacó a Sudáfrica del
"apartheid", impidiendo que el país cayera en una guerra civil. Pero esa
fue una fase. Una etapa inicial en un continente en el que el dilema
entre el socialismo o la barbarie (neoliberal), se está haciendo cada
vez más evidente que en ningún otro.
Ahora todo aquello parece quedar lejos, una historia
que se narra de una manera personalizada, con cuatro generalizaciones
sobre el “apartheid”, un régimen que sirvió, ante todo y sobre todo,
para caber más ricos a los ricos y más pobre a los pobres
Mandela, el incorruptible, el que no se rendía,
comenzó a ser mundialmente reconocido cuando en los años ochenta, la
crisis abierta, con las movilizaciones masivas en las calles, las
muertes y las torturas de los resistentes, convertía a Sudáfrica en uno
de los centros de la atención pública de todo el mundo, y familiarizó a
muchas personas con términos hasta entonces extraños como boers, bantú,
bantunstanes.
Palabras que vinieron acompañada de nombres como los
de Steve Biko, Desmond Tutu, Walter Sisulu, pero sobre todo con Nelson y
Winnie Mandela, la olvidada pareja protagonista del gran drama
histórico del apartheid en su última fase, después de la cual comenzaría
una nueva etapa en la historia de Sudáfrica en la que el racismo era
apartado de las leyes, y el CNA conseguía gobernar con una mayoría
absoluta, dentro de la cual se podían contar los votos de muchísimos
blancos que también creían que el apartheid merecía morir, y ser
enterrado como una variante colonial del nazismo, como una muestra
especialmente cruel de la "supremacía blanca".