15 de enero de 2014

Estimada Mª José ... recuerda que aunque a veces hay malas experiencias, nunca debes retroceder ni rendirte, quien persevera alcanza.
Joan Busquets i Verges. Exmaqui libertario del Berguedá 28/12/2013
"Muero contento, porque equivocado o no, muero por una idea" Manuel Barreiro dos días antes de ser fusilado 12/3/1939

viernes, 19 de marzo de 2010

Hijos de mala madre

19/03/2010


Tribuna. José Luis Gavilanes Laso

escritor

Creo que fue La carta esférica la novela que Arturo Pérez-Reverte presentó en Salamanca en los metros finales de mi dilatada etapa docente entre los charros. El Aula «Juan del Enzina» hervía hasta los topes media hora antes. En el escenario, a uno de los lados, una pantalla gigante despachaba sugerentes imágenes relativas a la novela; en el centro, una mesa redonda bien abastecida de alcohol. A media luz, como los besos del tango, mi compañero Pérez Bowie cruzaba palabras entre trago y trago con el autor en amena conversación. No habían visto mis ojos tanto boato y expectación para presentar un libro. A la finalización del acto, como rito eclesiástico de feligreses enfilados hacia los santos óleos, coleaba una multitud de sobacos ilustrados, con predominio femenino, para recibir la sagrada firma del autor.

Debo de confesar y confieso que no he leído ninguna novela de Pérez-Reverte. Me seducen, como a él, los clásicos, y la Historia de España. Pero sí he leído bastantes páginas suyas en el suplemento dominical El Semanal. Desde antes que se dedicase a la novela, me gustó siempre el espíritu aventurero, el talante valiente y atrevido, montaraz y zahareño, de al pan, pan y al vino, vino, de este murciano cartagenero, jugador de riesgos como reportero, devenido escritor de grandes tiradas y académico sucesor del maestro Manuel Alvar.

Con motivo de la publicación de su última novela El asedio , ha aparecido días atrás en El Cultural, de El Mundo, una entrevista de Blanca Berasategui. Por lo que en ella se transcribe, lejos de dolerle como a Unamuno, de España le indigna a Pérez-Reverte la falta de cultura y espíritu crítico. Profundamente centrado y avezado en lances históricos de la madre patria, está convencido de que España es un país enfermizo, «gozosamente inculto», «que disfruta siendo inculto», en el que campea permanente a sus anchas el gen de la destrucción, como si se tratase de una manzana con el gusano hurgando siempre en el interior. Discrepo. Los españoles llevamos varios siglos intentando destruir España y no lo hemos conseguido. Y, una de dos, o España es dura de roer, o los españoles, pese a las apariencias, andamos con los piños cariados. El español, aunque no quiera, sí ha cambiado, incluso peleando consigo mismo, su pasión favorita e inútil. Ya no se le oye gritar ¡viva las cadenas!, aunque se perciba un brindis cotidiano al conformismo y a la distracción sistemática. Lo que no ha cambiado es su esencia como ser humano. Como tampoco han cambiado el alemán, el francés, el inglés o el italiano. No fue una humorada la afirmación de Voltaire: «La civilización no elimina la barbarie, la perfecciona».

El sentido de la historia patria es para Pérez-Reverte un eterno retorno: «Quien haya leído la Historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta». Como seguimos siendo un país de mala madre, incultos y analfabetos, estamos condenados consecuentemente a cometer siempre los mismos errores, a caer en la dialéctica rutinaria de odiarnos los unos a los otros. Aunque le parezca bien a Pérez-Reverte la Ley de la Memoria Histórica, ponerla en manos de «políticos analfabetos que no han leído un libro en su vida» es como «ponerles una pistola en la mano». Sostiene el creador de Alatriste que contemplar el conflicto del 36 al 39 y su represión posterior, como un período concreto y estanco respecto al resto de la historia patria, es un error, porque «el cainismo español sólo se entiende en un contexto más amplio». Él es de Cartagena, que cayó en zona roja, y hubo primero represión brutal de los milicianos y luego no menos salvaje de los falangistas. Por eso hablar de buenos y malos a estas alturas... En definitiva, para un hombre que no comulga con Rouco ni optimiza con Zapatero, todos hemos sido igual de hijos de puta, todos.

Sr. Pérez Reverte, otro ilustre novelista, Ramón J. Sender (al que los nacionalistas asesinaron a su mujer y a un hermano, y él mismo fue testigo de las barbaridades del otro bando) también dijo que hubo «hijos de puta de los dos lados», pero con una diferencia: «que los poderosos envilecidos no tienen disculpa». En el caso de la ciudad de León, donde nací, no hubo tal dicotomía sangrienta como en Cartagena. Sólo los del bando nacional pudieron exterminar impunemente a sus adversarios políticos (se han contabilizado alrededor de tres mil ejecutados juzgados sumariamente o «paseados», además de otros cientos encarcelados y depurados), una monstruosidad si se tiene en cuenta que no hubo en León ¡ni un sólo hecho sangriento antes del pronunciamiento militar! Hubo, eso sí, escaramuzas y la inscripción en San Isidoro: «¡Rojos, asesinos de curas y de monjas, al paredón!»; debajo de la cual, un socarrón añadió: «Se hizo lo que se pudo, perdón». Y hubo un «campo de concentración» en San Marcos, devenido parador de turismo, en el que penaron más de siete mil víctimas de los sediciosos y de lo cual sólo quedan algunos testimonios y la evidencia de que la historia la escriben los vencedores. La máxima responsabilidad de la barbarie civil recayó en quien tenía mejores armas, más fina puntería, rapidez y diestro proceder en el oficio de matar, o sea, el Ejército. Con una oficialidad que, en su mayor parte, no sólo tomó la iniciativa de sublevarse contra el sistema republicano, sino que, contrariamente a su deber constitucional de situarse en medio del envite fratricida entre rojos y azules, con la fuerza irresistible que le dan la disciplina y el efecto disuasorio de las armas, se puso descaradamente de un lado haciendo frente común con los poderosos. La represión franquista fue una represión organizada, controlada y dirigida desde el mismo pronunciamiento militar a través de órdenes muy estrictas. Lo de «glorioso movimiento nacional» es una lírica expresión idiomática que encubre un «imperioso aniquilamiento descomunal». Hay que «cortar de raíz la mala hierba», fue la metáfora favorita de los insurgentes. En el bando republicano, en cambio, la persecución la llevaron a cabo gentes fuera de control de un Gobierno desbordado, sin autoridad real sobre los comités de los distintos partidos; unas masas incultas cargadas de un odio irracional, de cuyo hervor no fue ajena la cerril incomprensión de las derechas. En el bando nacional, las masas contaron muy poco y, en todo caso, a título de meros espectadores. El Gobierno, o las autoridades competentes, tuvieron en todo momento el control de la calle.

No, señor Pérez-Reverte, ni siento el orgullo de ser español, que desde niño intentaron meterme con calzador, ni tampoco el contrapunto de considerarme un hijo de puta. La recuperación que tibiamente se propone, con perdón por las molestias, no la remueve el odio ni el rencor ni el carácter vindicativo, sino el deseo de hacer justicia, de reflejar y esclarecer la verdad, recolocando, ahora con amor y no con odio, restos y testimonios para que todo, no sólo una parte, ocupe el lugar que en la Historia le corres ponde. Es a esa parte a la que le interesa que el tema de la memoria se politice.

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