15 de enero de 2014

Estimada Mª José ... recuerda que aunque a veces hay malas experiencias, nunca debes retroceder ni rendirte, quien persevera alcanza.
Joan Busquets i Verges. Exmaqui libertario del Berguedá 28/12/2013
"Muero contento, porque equivocado o no, muero por una idea" Manuel Barreiro dos días antes de ser fusilado 12/3/1939

domingo, 17 de julio de 2011

Seis testigos del golpe contra la democracia

Gervasio Puerta

Los testigos del 18 de julio de 1936 relatan los recuerdos de aquel sábado veraniego en el que la derecha española consiguió el objetivo con el que trabajaba desde febrero, dar un golpe de Estado que reventara al Gobierno de izquierdas

PÚBLICO 17/07/2011 El 18 de julio de 1936 no fue un sábado más del verano de hace 75 años. Aquella jornada de verano congeló la esperanza modernizadora de los españoles para los siguientes 40 años. Lo peor fue la violencia que desde las primeras horas inundó los hogares de todos los que se opusieron a que España tirase por la borda su futuro.
Los golpistas irrumpieron a sangre y fuego eliminando a sus enemigos. Desde la misma madrugada del 18 de julio comenzó la represión. El capitán republicano Virgilio Leret, semidesnudo y herido, era fusilado por los sublevados en Melilla. El método sería repetido en miles de ocasiones hasta que el 27 de septiembre de 1975 un piquete de la Policía Armada fusilaba en un paredón al militante del FRAP José Luis Sánchez-Bravo. Fue la última de las víctimas por las que los franquistas nunca han sido preguntados en un juzgado democrático.
Los seis testimonios del golpe de Estado seleccionados por Público son el reflejo de la pesadilla violenta que ensombreció España de un día para otro. Recuerdos de un sábado de muerte de familiares, cambio de hogares, vidas truncadas, ilusiones perdidas, cárcel e injusticia. Público analiza en 15 páginas las causas y consecuencias del golpe de estado explicadas con la opinión de los especialistas.

"Las monjas se pusieron locas de contentas"

Francisco Rodríguez. Ebanista y tallista. 85 años. Escuchaba cada noche los gritos de los fusilados, junto a su casa

OLIVIA CARBALLAR
"¡Que me juzguen! ¡No he cometido ningún delito! ¡No quiero morir!". Los gritos de horror del 36 resuenan aún en sus oídos. Francisco Rodríguez Nodal, de Carmona (Sevilla), tenía sólo 10 años. Vivía junto al rellano de los fusilamientos, al lado del cementerio. "Sus lamentos me despertaban en el silencio de la noche. Yo vi las tres fosas", recuerda hoy con 85 años en su taller de muebles de ensueño. "Imagínate lo que supuso para mí hacer ese cuadro", dice señalando un Guernica tallado en madera... que ni Picasso. A él le mataron a cuatro familiares, entre ellos a su abuelo, concejal republicano.
El 18 de julio, Francisco estaba en Chipiona (Cádiz) de campamento. "Las monjas se pusieron locas de contentas. Nos llevaban a la playa muy temprano y nos leían el periódico. Los rojos eran los malos, los incultos, los culpables, los revolucionarios... Nos amedrentaban. Muchos niños salían llorando. Allí fuimos con los rojos y volvimos con los falangistas. Al recogernos, nos dijeron que tenían una ametralladora y que quien fuera comunista o republicano se lo quitaban del medio", cuenta este hombre lúcido, entrañable, con unas ganas de vivir inmensas a pesar de lo sufrido.
Todo ese dolor lo ha recogido en un libro. No olvida ni un detalle, no puede olvidar un "genocidio como ese", un "holocausto". "Se creían héroes y no siento que los esté ofendiendo llamándoles fascistas", insiste. Recuerda cómo paseaban a mujeres rapadas por el pueblo. "O una vez que llegó una señora vestida de negro al Ayuntamiento y alardeó uno de ellos: ¿veis a esa señora tan guapa? Pues es viuda. A su marido lo fusilamos a tal hora tal día". Ahora, sostiene, no se trata de hurgar en la herida, "como dice Rajoy", sino de cerrarla para siempre: "Hay que honrar a las víctimas y dejar claro que no eran delincuentes, sólo republicanos, nada más que eso". Y con los ojos llorosos, coge una vieja armónica y toca el himno de Riego, como hacía de muy niño. "Estuvo oculta 70 años, mi madre me la escondió para que no me pasara nada".

"Fui comprar ‘La Hora’ para ver qué estaba pasando"

Gervasio Puerta. Fotógrafo. 90 años. El Golpe de Estado le sorprendió recién llegado a Madrid

DIEGO BARCALA
Para un muchacho de Milagros (Burgos) que acababa de llegar a Madrid con apenas 15 años, el 18 de julio de 1936 fue algo inolvidable. “Había llegado hacía dos meses y recuerdo que al desatarse todo mi jefe me mandó a un quiosco de la calle de General Ricardos a comprar el periódico La Hora, para enterarnos de los detalles”, rememora Gervasio Puerta, de 90 años. “Recuerdo cómo comenzaron a organizarse los milicianos y la violencia de los días posteriores. Se contaba que habían matado a un general que se había distinguido en los sucesos de Asturias”, relata Puerta. Con apenas 15 años tuvo que dejar su trabajo en la tienda de ultramarinos de Carabanchel donde había encontrado trabajo. Con 15 años se fue a vivir a casa de un tío republicano, que fue quien le inició en sus ideas republicanas.
“Yo era un imberbe, no tenía la más mínima formación ideológica, política o cultural. Después me alisté voluntario y estuve luchando los tres años de guerra. Para ello tuve que pedir permiso a mi padre y mentir, porque dije que tenía 17 años”. El golpe de Estado supone para Puerta “el recuerdo del dolor de la guerra”. “A mi padre le pilló segando en la sierra de Guadarrama y a mi madre en Burgos. Mi familia quedó separada y mi madre murió enferma intentando llegar a Madrid”.
Para Gervasio, en la posguerra un destacado luchador antifranquista que fue a prisión en dos épocas diferentes, “todas las guerras son malas. Repudio y aborrezco la violencia. La que hicieron cualquiera de los dos bandos, que yo no digo que no hubiera casos incontrolados de violencia en todas partes”. Como presidente de la Asociación de expresos antifranquistas, Puerta está volcado en que la historia recuerde lo que el vivió “tal y como pasó”. “Que se sepa quiénes fueron los culpables. Que se llame a Franco dictador y asesino y se cuente que era él el que firmaba las actas de muerte”, reivindica.

"Colocaron los cañones apuntando hacia la ciudad"

Alejandra Soler. Profesora. 97 años. Comunista desde 1937, sufrió el exilio durante más de tres décadas

BELÉN TOLEDO
Alejandra Soler tiene dos aniversarios negros que lamentar cada 18 de julio. Ese mismo día del año 1986 murió su marido, con el que compartió militancia comunista y exilio durante décadas. Antes, en 1936, el golpe de Estado de esa misma fecha echó por tierra “todas las ilusiones que había traído la República, y nos dejó completamente rotos”. En aquel momento, Alejandra tenía 23 años. “Me acababa de licenciar en Filosofía y Letras. Estaba muy al corriente del movimiento fascista en Europa. Y ataba muchos cabos”.
En Valencia, donde Alejandra vivía, hubo “prolegómenos” al golpe durante los días previos. De entre ellos, destaca la ocupación de la sede de Radio Valencia por parte de varios falangistas armados. “Radiaron amenazas, dijeron que esto se iba a acabar pronto”, en referencia a la República. A las puertas de la emisora, situada en el centro de la ciudad, comenzó a llegar gente de forma inmediata. Entre ellos, Alejandra, que estaba en ese momento en la sede del Partido Comunista, situado a pocos metros. “Íbamos desarmados, y les gritamos, les dijimos que no servían para otra cosa nada más que para eso”. Los ocupantes resolvieron marcharse. “Pero eso dejó el miedo”, recuerda.

Poco después llegó el golpe del 18 de julio. “El cuartel de artillería se sublevó. Dirigieron los cañones hacia la ciudad”, recuerda. El acontecimiento cambió la vida de Alejandra. Dejó de trabajar en su tesis de doctorado, que no llegó a ver la luz. La victoria de Franco en la guerra la obligó a exiliarse a Francia desde 1939. Estuvo en campos de concentración y vivió forzosamente alejada de su familia durante más de 30 años, en la antigua URSS. Después de relatar sus recuerdos, Alejandra hace un último apunte, “muy importante”: “Lo que quiero que quede claro es que, a pesar de toda la rabia y la desesperación, a mí no se me ocurre pensar en una revancha. Yo lo que quiero es que se sepa la verdad. Evitar que vuelva a suceder algo tan malo en la historia de nuestro país”.

"En el mercado se preguntaban qué era un falangista"

Manuel López. Trabajaba de electricista. 90 años. De la ‘quinta del biberón’, sólo disparó 15 veces antes de llegar al frente del Ebro

JOAO FRANÇA
Cuando Manuel López dejó los estudios para ponerse a trabajar, el maestro insistió en que no debía hacerlo, que era un chico muy interesado en la historia. De esa inclinación dice Manuel que le vino su simpatía por la República, aunque sentía más interés por el fútbol que por la política. Era curioso y aprovechaba su trabajo de electricista para pasear por toda Barcelona.
La mañana del sábado 18 de julio estuvo trabajando y cuando volvió a su casa del barrio de Gràcia su madre le pidió que la acompañara al mercado. Había rumores. Algunos se preguntaban qué era un falangista y otros respondían que eran hombres con camisa azul que llevaban pistola. Con 16 años, Manuel no le dio más importancia y se fue a jugar. Su padre, que trabajaba de noche, tardó en llegar a casa la mañana siguiente. Los milicianos lo habían parado tres veces, hasta que un guardia civil (en Barcelona siguieron leales a la República) le dio un pañuelo blanco para llevar en alto. Horas después recibían entre vítores a un vecino que era teniente de la Guardia Civil. La situación estaba controlada, explicó, poco antes de que oyeran por la radio la rendición del general Goded, llegado desde Mallorca para alentar la sublevación.

Al salir de casa, Manuel se topó con unos milicianos que montaban un cañón delante de una capilla. Había muchos coches circulando y otros estampados contra las farolas. Dos años después fue alistado en la quinta del biberón, pero antes de llegar al frente del Ebro recorrió toda Catalunya, en una experiencia que considera caótica. Hoy sonríe al explicar que guarda una bandera republicana. Y asegura que no tiene nada contra nadie.

"Mi padre tuvo que esconderse en el monte"

Esperanza Martínez. Exguerrillera. 84 años. El golpe obligó a su familia a refugiarse de la represión franquista

D.B.Esperanza Martínez, de 84 años, contaba con apenas 9 cuando el estallido de la guerra sorprendió a su aldea cercana a Villar del Saz (Cuenca). Sus escasos recuerdos del día concreto se entrelazan con los antecedentes y consecuencias del golpe de Estado que en su caso familiar supuso la frontera entre la esperanza y la desgracia. “Mis padres eran votantes del Frente Popular. Recuerdo la gran alegría que supuso la victoria electoral que en mi casa se celebró bastante y cómo la sublevación nos ponía en el punto de mira”, relata. “Mi madre había votado a la izquierda y, después de que mi padre se escondiera en el monte, mi casa se convirtió en un punto de apoyo de la guerrilla”, recuerda. “Me acuerdo de una gran tortilla que hizo mi madre para los guerrilleros que iban al exilio y que nos dejaron un caballo enfermo”, explica.
Antes de aquello, su padre, agricultor, tuvo que marcharse a otro pueblo por las exigencias laborales del terrateniente. “Nos tuvimos que cambiar porque mi padre no pudo cosechar lo suficiente para pagar la renta de la tierra. Nos tuvimos que ir a casa de unos tíos y después mi padre volvió a la tierra, donde le sorprendió la sublevación”, detalla.

Durante la guerra no hubo grandes movimientos en su pueblo, pero recuerda nítidamente cómo retumban los cristales con los bombardeos sobre Cuenca. “Se notaban los zumbidos”, rememora. Esperanza quedó marcada por el conflicto y en la posguerra desarrolló su activismo comunista, que le hizo ser la guerrillera Sole. Su labor en la Agrupación de Levante consistió en servir de enlace entre el Partido Comunista en Francia y los guerrilleros en España.

"Aquel día el fascismo demostró que era siniestro"

Marcos Ana. Poeta y político. 91 años. Dirigente juvenil comunista en la guerra, el poeta pasó luego 23 años en prisión

MAITE INIESTA
“Antes del 18 de julio solo teníamos un concepto de lo que era el fascismo, pero aquel día nos demostró que era una cosa real, material y absolutamente siniestra”. Así recuerda Marcos Ana, seudónimo de Fernando Macarro, el inicio de una dictadura que le arrebató 23 años de vida en lo que él denomina su “periodo de turismo penintenciario”. Con 15 años descubrió la política y al año siguiente ya era secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas en Alcalá de Henares. “Sabíamos que había un complot contra la República, ya existía un precedente de algo parecido. Querían cerrar a sangre y fuego el proceso democrático porque veían peligrar sus intereses”, expone.
Días antes de la sublevación ya se sospechaba que algo iba a ocurrir, “llevábamos varias noches durmiendo por turnos en la calle, vigilando los cuarteles”, rememora. “De repente, un día, se abrieron las puertas del cuartel y apareció un comandante con sus tropas, pero con la bandera republicana. Nos sentimos aliviados, pero era una manera de escamotear la verdad”.

A partir de ese momento empezaron las delaciones y la brutal represión: “Uno de los hechos más significativos es que los maestros nacionales de cada pueblo fueron inmediatamente detenidos”, algo que demuestra, en opinión del poeta, que la cultura es incompatible con la doctrina fascista. “La cultura tiene vocación de libertad y eso era contrario al régimen”.Marcos Ana, detenido con 18 años, salió de prisión a los 41. “En los años que estuve condenado a muerte di el último abrazo a cientos de compañeros que fueron fusilados de madrugada”.

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