15 de enero de 2014

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Joan Busquets i Verges. Exmaqui libertario del Berguedá 28/12/2013
"Muero contento, porque equivocado o no, muero por una idea" Manuel Barreiro dos días antes de ser fusilado 12/3/1939

lunes, 9 de mayo de 2011

Huertos de paz para los niños de la guerra

Casi 6.500 niños evacuados de Madrid y otras ciudades bombardeadas durante la Guerra Civil hallaron un hogar de paz en las 81 Colonias Escolares que la II República abrió entre naranjos y huertas valencianas
Nota ABF: los niños evacuados de Málaga también los refugiaron en estas colonias escolares valencianas

Levante-emv.com- Rafel Montaner Valencia

Nada puede haber tan opuesto como guerra y educación. Educar bajo las bombas suena a utopía, pero la II República rozó este sueño en las 81 Colonias Escolares que creó entre naranjos y huertas de la Comunitat Valenciana durante la Guerra Civil, que fueron a la vez refugio, familia y escuela para 6.500 de los 100.000 niños evacuados de Madrid y otras ciudades bombardeadas. Cristina Escrivà y Rafael Maestre recuperan en un estudio que acaba de publicar el Ayuntamiento de Picanya, la historia de las tres colonias escolares que albergó este municipio de l’Horta Sud en los chalés modernistas de tres fincas de naranjos incautadas.

L’Hort d’Albinyana, de Lis y de Coll, tres de las primeras 10 Colonias Escolares que el Ministerio de Instrucción Pública (MIP) habilitó en tierras valencianas, se convirtieron en un modelo para las 220 colonias creadas en la retaguardia, que en total albergaron a unos 12.0000 menores evacuados. Escrivà apunta que también fueron un referente internacional «del esfuerzo que hacía la II República por la infancia» ya que l’Hort de Lis se conocía como la colonia holandesa al estar apadrinada por la asociación humanitaria Hulp aan Spanje (Ayuda a España) de Amsterdam, mientras que l’Hort de Coll contó con el respaldo del North American Committee to Aid Spanish Democracy (Comité Norteamericano de Ayuda a la Democracia Española) de Nueva York.

Refugio, familia y escuela

El fin de estas colonias era librar a los niños de los horrores de la guerra y, prosigue Maestre, «humanizar las circunstancias que atravesaba la infancia» evacuada, intentando que en ellas los niños separados de sus padres «encontrasen a la vez una familia y una escuela, donde se realice una educación total».

La idea surge del pedagogo alicantino Ángel Llorca, nacido en Orxeta en 1866. Llorca había creado en el Grupo Escolar Cervantes de Madrid una escuela modelo para la enseñanza pública. Allí formó a los mejores maestros de la República en la renovación pedagógica que lideraba la Institución Libre de Enseñanza (ILE), de la que era un activo miembro. Aunque ya estaba jubilado cuando, tras la orden de evacuar la capital en diciembre de 1936, los niños del Cervantes fueron llevados al Perelló, no abandonó a sus alumnos.

En este pueblo de pescadores fundó las Comunidades Familiares de Educación, en las que los niños convivían en tres casas con sus profesores, y en las que, relata Escrivà, «aplicó un novedoso programa educativo». La experiencia del Perelló fue escogida como modelo y centro de formación de los maestros de las Colonias Escolares, unas «casas de educación» en las que maestros y niños conviven y se educan, porque «educar es educarse. Nadie puede educar sin que a la vez se eduque», se lee en la primera instrucción del MIP a los docentes que habían de gestionarlas.

Las comarcas valencianas fueron el destino preferido por el Gobierno de la República para sus colonias, no solo porque al principio de la guerra lo que la prensa de Madrid llamaba el «Levante feliz» parecía un lugar seguro, sino también por la cercanía del mar y por las instalaciones que ofrecían los señoriales chalés modernistas que la floreciente burguesía valenciana había levantado en sus fincas agrícolas, edificios que los niños evacuados bautizaron como«hoteles» asombrados por su lujo. No menos determinante para la elección, recalca Maestre, fue que «las huertas garantizaran el abastecimiento».

El avance sublevado, la larga guerra y el desmoronamiento de la República truncó la utopía educativa de Picanya, cuyos 185 alumnos fueron trasladados a Mula (Murcia) en julio de 1938 con el fin de destinar los chalés al reagrupamiento de las Brigadas Internacionales tras la orden de retirada.

Aquellos niños de la guerra de los huertos valencianos cobraron vida en las postales que la República editó, con dibujos del cartelista valenciano Arturo Ballester y versos de Antonio Machado, para que los menores evacuados escribieran a sus familias. «Ved al niño, encaramado en el árbol de la ciencia; entre sus piernas, la rama, el fruto entre ceja y ceja», fue la bonita declaración de intenciones que les regaló el poeta universal.

Una nueva pedagogía que pudo ser y no fue

«Mira que desde 1939 hasta ahora han habido guerras, pero nunca ha existido un proyecto igual para educar para la paz y salvaguardar a la infancia como el de las Colonias Escolares», asegura Cristina Escrivà. Un programa «exitoso», recalca, pues la veintena de los 185 niños de entre 3 y 14 años del barrio madrileño de Lavapiés que albergaron los huertos solidarios de Picanya que, más de 70 años después, han conseguido localizar «recuerdan su estancia en aquellas colonias como un tiempo feliz». Así, Ramón Martínez Gahete revive sus días en l’Hort de Coll como «una experiencia inolvidable» y añora «la paella, la piscina en verano y las naranjas». «Allí viví una vida que habría cambiado todo», dice.

En estas colonias, según Escrivà, «se inició una metodología educativa avanzada, donde primaba la coeducación, totalmente contrapuesta al ‘Catecismo’ y la ‘Formación del Espíritu Nacional’ que vino después». El estudio al aire libre, el contacto con la naturaleza —muchos de aquellos niños aún recuerdan como les enseñaron a clasificar las hojas de los árboles—, los paseos, las excursiones a la playa de la Malva-rosa, donde la mayoría vieron por primera vez el mar, es algo imposible de olvidar.

La carga lectiva ocupaba las mañanas, de 9 a las 12 horas, mientras que la tarde, de 15 a 17, era el territorio de la Educación Artística, donde el dibujo «se convertía en una terapia para que sacaran de su interior las escenas desagradables de la guerra que habían vivido».

El resto del día hacían teatro, veían películas, participan en tertulias que recuerdan a las actuales asambleas de clase y se bañaban en balsas de riego, jugaban y hacían deporte, muchos de ellos desnudos sin avergonzarse de su cuerpo.

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